Mons. Ómar Sánchez: “La reconciliación nos debe caber en el corazón”

“La búsqueda de la paz es un trabajo que requiere toda nuestra atención, propósito y perseverancia; es un don de Dios y una tarea humana”. Así concluía el mensaje de los obispos católicos al país, tras la celebración de su 115.ª Asamblea Plenaria en Bogotá, el viernes 7 de julio.

“Hemos reafirmado nuestro compromiso de ser, en Colombia, Iglesia misericordiosa que se conmueve, se detiene y ayuda al otro cuantas veces sea necesario”, subraya el vicepresidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Ómar Alberto Sánchez Cubillos, al referirse al papel que les compete a los obispos en esta hora del país, cuando la violencia parece empañar los propósitos de paz. 

Su análisis sobre la coyuntura socio-política busca recoger el sentir del episcopado, pero también su propia experiencia como dominico y obispo. En agosto cumplirá 12 de ordenación episcopal. Antes de ser arzobispo de Popayán estuvo al frente de la diócesis de Tibú, en el Catatumbo, por nueve años.

¿Cómo ven los obispos su rol ante la situación que vive el país?

Ante todo somos pastores, no políticos ni analistas sociales. Nuestra competencia es abrir canales de misericordia y nos hemos preguntado en esta Asamblea qué tenemos que hacer ante la Colombia de hoy desde la fe, con actitud de conversión –reconociendo con humildad nuestras falencias e incoherencias–, sintiéndonos llamados a ejercer un liderazgo espiritual.

En un país que con frecuencia solo tiene malas noticias, tenemos que ser portadores de buenas noticias con nuestra mirada de esperanza, promoviendo toda expresión de diálogo sin ingenuidad, escuchando más, trabajando por una arquitectura de la paz con signos firmes y desde nuestra condición humana, sin precipitarnos, sin salirnos de los márgenes de los procesos, sin extremismos ni grandes discursos, sin lenguajes violentos disfrazados de paz que termina por torpedear los cauces de la misericordia, y con una paciencia activa para no caer en el miedo, ni en la indolencia, ni en el ausentismo ante los grandes problemas que afrontamos. En realidad no tenemos las respuestas a todos los problemas del país, pero podemos aportar desde nuestro liderazgo espiritual, porque nos sabemos reconciliados por Cristo y la reconciliación nos debe caber en el corazón.

Hace poco un diácono y un laico sufrieron un atentado en su arquidiócesis, en el municipio de Caldono. ¿Teme por la vida de quienes colaboran con la misión de la Iglesia?

Colombia tiene datos tristes de obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos asesinados. Incomodaron por su espíritu de coherencia. Pero lo cierto es que todos estamos bajo riesgo cuando trabajamos por la justicia y la equidad, cuando denunciamos cualquier expresión de corrupción, o cuando nos atrevemos a mirar rutas para encontrar salidas con dignidad.

¿Cuál es su mensaje a los actores armados?

Los actores armados se desvirtúan cuando rompen los parámetros del derecho internacional humanitario o al atentar contra personas de la sociedad civil. Atravesar esa frontera los invalida, no los hacen creíbles en procesos de reconciliación o de paz. Por eso tienen que ponderar el alcance de sus armas, de su presencias en los territorios, y tienen que asumir la sociedad civil como un intocable. No pueden pretender doblegarlo todo con las armas. La guerra tiene límites.

¿Qué caminos propone la Iglesia para que la violencia no ahogue el anhelo de una paz real y duradera?

Johan Galtung hace una distinción entre la violencia que se ve y la violencia estructural. Por eso los teóricos de la paz distinguen entre una paz negativa y una paz positiva.

La paz negativa busca que los actores armados ilegales depongan sus armas y asuman los procesos y las vías de la política, como consecuencia de acuerdos e implementaciones donde las altas responsabilidades recaen en las partes, para poder avanzar, aún con falencias y retrocesos. En este escenario la Iglesia siempre ha estado dispuesta a acompañar, con el ánimo de sumar y con la esperanza de lograr la paz.

La paz positiva, por otra parte, es la que todos tenemos que hacer posible. Consiste en crear las condiciones de justicia, crecimiento, oportunidades, equidad… una cultura de la no violencia. En esta paz estamos comprometidos todos: los núcleos familiares, los campesinos en los territorios, los maestros en las escuelas, los empresarios, los servidores públicos y los gobernantes comprometidos con el bien común. Y la paz positiva también es responsabilidad de cada cristiano, porque por naturaleza y convicción, somos instrumentos de paz.

Colombia no logrará el equilibrio de un país reconciliado y en paz si todos no nos involucramos en este ejercicio. No nos podemos quedar mirando desde el balcón lo que va ocurriendo con los diálogo, las mesas y los acuerdos. Tenemos que crear canales de construcción de paz positiva.

Muchos están perdiendo la confianza en los diálogos con los grupos armados, el cese al fuego prometido por el ELN y la ‘paz total’. Sin embargo la Iglesia no pierde la fe. ¿Cómo dan razón de su esperanza?

Nuestro fundamento es de fe. No partimos de principios filantrópicos sino que nos basamos en la raíz del Evangelio y, concretamente, nuestra fuente son las ‘Bienaventuranzas’, que para nosotros son un imperativo. Allí encontramos el referente para aspirar a lo que se denomina ‘reino de Dios’, el cual tiene cuatro categorías maestras: la verdad, la justicia, el amor y la paz.

Cristo es el príncipe de la paz, y en las ‘Bienaventuranzas’ encontramos a Cristo manso, pobre, que llora por la humanidad sufriente y que también busca la justicia: “dichosos  los que trabajan por la paz”, “dichosos los misericordiosos”, “dichosos los perseguidos por mi causa”. Nuestra esperanza tiene como punto de partida y de llegada la victoria de Cristo sobre la cruz, porque sabemos que el mal ha sido vencido, la muerte no domina y la vida está por encima de todo pronóstico de destrucción. Podemos ver todos signos de muerte a nuestro alrededor y, aun así, por el misterio de la cruz y de la resurrección nos sostenemos en la esperanza de un futuro mejor. Eso es lo que celebramos en la Vigilia Pascual, en Semana Santa.

¿Cómo ve la Iglesia el escenario político actual y las constantes denuncias por corrupción?

Santo Tomás de Aquino dice que “el mal mayor es la muerte”, y me atrevo a decir que el mal mayor de Colombia es la corrupción. Por la corrupción, el narcotráfico se incrustó en la cultura, en las dinámicas económicas y en todos los niveles de la sociedad colombiana. Y la corrupción alimenta la violencia y la guerra.

Por otra parte, todos los colombianos nos quejamos de la corrupción, pero en nuestras prácticas cotidianas buscamos atajos para resolver problemas y nos hemos resignado a vivir dentro de los marcos de la corrupción. Nos acusamos mutuamente, acusamos a los políticos, los políticos buscan blindarse, y al final tenemos una sociedad deteriorada y enferma que anda detrás del dinero fácil, de la plata rápida y sin sacrificios. Esto genera ambiciones desmedidas en diversos sectores, micro-tráfico y violencias. Tenemos una fascinación despiadada por el dinero. Es un tema antropológico que se opone a los valores esenciales. Lamentablemente la corrupción es una de las mayores tentaciones del pueblo colombiano, es nuestra mayor flaqueza, y no podemos cesar en nuestros esfuerzos por combatirla.

En estos días se realiza en Leticia la Cumbre por la Amazonía, tema que ha preocupado a la Iglesia y al propio Papa Francisco. ¿Cuál es el llamado de los obispos?

Una Iglesia misericordiosa debe volcarse sobre la defensa de las víctimas, y esto implica la defensa de la vida, de la dignidad de la persona y del cuidado de la casa común. La vida para nosotros es un parámetro máximo. La primera palabra que Dios pronunció fue la creación, es su primer acto revelador.

En este sentido, el Papa nos sensibiliza y nos recuerda que lastimar a la naturaleza y, en este caso, a la Amazonía, tiene consecuencias. Por eso escribió la carta Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común y la exhortación Querida Amazonía, donde nos comparte cuatro sueños no solo para salvar al bioma (sueño ecológico), sino para ayudarnos a reflexionar sobre el impacto social de nuestros actos, las culturas –que merecen ser tenidas en cuenta para no colonizarlas– y la opción de la Iglesia por los más pobres (sueño social, sueño cultural y sueño eclesial).

Esos cuatro sueños son luces para actuar y salvaguardar el equilibrio, respondiendo a la amenaza de la destrucción. No necesitamos retóricas, ni discursos, ni acuerdos que se queden en el papel, es el momento de actuar. Aunque la Amazonía colombiana solo representa el 6%, hay que defender ese 6% de la devastación a la que asistimos, y hay que hacerlo como si se tratara de nuestro propio cuerpo, porque para nadie sería fácil renunciar al 6% de su corporalidad. En estos días tenemos datos de los mayores índices de calor, esto debe decirnos algo y esta cumbre debe generar acciones muy puntuales para llevar a la práctica, porque el tiempo se agota y no podemos permitir más atentado contra la Amazonía. Tenemos la posibilidad de demostrar que somos un país para la vida.

¿Qué les dijo el Papa Francisco durante la reunión que tuvieron este año en Roma?

Sus palabras fueron muy profundas. Él tiene un gran afecto por nuestro país. Nos dijo que le escandalizaba que los colombianos después de tantos años de guerra aún no hayamos encontrado la paz. Pero hay una frase que me quedó grabada: “no se cansen de ser misericordiosos y de trabajar por la paz y la reconciliación de Colombia”.

https://www.eltiempo.com/vida/religion/violencia-en-colombia-iglesia-pide-a-grupos-armados-que-no-toquen-a-la-sociedad-civil-784543: Mons. Ómar Sánchez: “La reconciliación nos debe caber en el corazón”

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